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Cuando Tigrilla ardía y yo casi me lo creía

Cuando Tigrilla ardía y yo casi me lo creía

Hay una cosa que debéis saber de Tigrilla.

En el fondo no era tan guarra y tan sexual como pueda parecer en este libro.

Era sexual, sí. Le encantaba conocer chicos nuevos. Pero no desde un punto de vista meramente sexual. Lo suyo eran más bien los pseudoamigovios.

Le gustaba el romance.

El ligoteo previo. La conquista —o ser conquistada—. Conocerlos mejor. Que le enseñaran cosas.

Follárselos también, claro.

Y si por el camino la adoraban un poco —en eso yo, sin duda, fui el mejor de los mejores—, pues mejor que mejor.

Pero, como ella misma me dijo, cuando estaba con un tío alternaba valles y montañas: épocas de gran apetito sexual y épocas de rutina.

Vamos, que cuando te tocaba la época buena, aplaudías.

Cuando no, te jodías.

Aunque, en el fondo, tampoco te jodías tanto.

Tigrilla molaba mucho también sin follar.

El romance, estar con ella, enseñarle cosas, vivir cosas con ella, estar en su mundo... (estar, que no entrar; nadie acababa de entrar del todo)

Joder, todo eso casi se sentía tan bien como penetrarla.

Pero tranquilos.

Este capítulo también es de sexo.

El semáforo y el motorista ​

Estábamos volviendo a mi casa en coche. No sé de dónde veníamos, quizá del cine.

Yo tenía un cochecito pequeño, de los baratillos.

Pero cuando ella iba a mi lado, aquello no era un coche viejo de poco más de 80 caballos que casi se paraba subiendo el puerto que llevaba a su pueblo —con la consiguiente burla tierna de ella—.

Era el batcoche.

Un vehículo donde recorrer con ella la ciudad y sentir que yo, aunque fuese por una vez, era su chico llevándola allá donde ella quisiera.

Era de madrugada. Algo así como entre las 00:00 y las 02:00.

Estábamos ya muy cerca de mi casa, en el último semáforo antes de torcer hacia mi calle.

Recuerdo la calle vacía.

Nadie andando.

Ningún coche.

Solo una moto, dos carriles a nuestra derecha y ligeramente adelantada.

No era un semáforo especialmente largo.

Y no sé qué pasó.

Quizá la peli te había gustado especialmente.

Quizá yo andaba algo guapo.

O había estado especialmente brillante en mis últimas palabras u ocurrencias.

A Tigrilla siempre le estimulaba la manera de ser, de expresarse, de hablar y de ver el mundo de un chico que le pareciera semiinteresante.

Y supongo que, por alguna razón, yo lo era un poco para ella.

El caso es que, sin recordar por qué exactamente, giró el cuerpo hacia mí y me dijo que quería comérmela.

Sinceramente, no sé cómo se me puso dura.

Aunque no lo pueda parecer, soy un pervertido, sí, pero de puertas para adentro.

Nunca me ha motivado especialmente hacerlo en público ni ningún riesgo parecido.

Pero se me puso dura, sí.

Tanto de Tigrilla, supongo.

No sé cómo me desabrochó tan rápido, porque ese semáforo, que lo conozco muy bien, durará unos 40 segundos, o 60 como máximo.

Pero se inclinó sobre mi entrepierna y empezó ese canto de sirena con su boca de dulce Amazona del Olimpo de las Diosas.

Insisto: odio el rollo exhibición y público.

Pero si Tigrilla quería comértela en un semáforo, con un motorista al lado, tú te dejabas hacer.

Había que aprovechar sus momentos de siroco sexual.

Y la boca de Tigrilla era el paraíso.

Así que, qué iba a hacer yo.

Relajarme y disfrutar, sintiéndome afortunado por ser el receptor de uno de sus calentones.

No hay nada que alegar, su señoría.

Recuerdo apoyarte una mano en la cabeza y guiarte un poquito.

Solo un poquito.

Soy un cortado, ya os lo he dicho.

Además, si el motorista se giraba, tampoco quería parecer que me recreaba en el exhibicionismo.

Pero claro, el aura sexual de Tigrilla debía de llegar tres manzanas más allá.

Así que sí.

El motorista debió de percibir que Hiroshima estaba a punto de explotar.

Y se giró.

Pude ver su cara dentro del casco de “¿está pasando esto? Sí, está pasando esto”.

Se volvió a mirar a su alrededor, hacia todos los lados: izquierda, derecha, hacia detrás... en plan: “¡Joder! ¡Nadie está viendo esto! ¿No hay nadie? ¿Soy el único viendo a este tipo? ¿Encima me está sonriendo? ¿¡Me está sonriendo!?”.

Yo realmente no sabía si sonreírle, si ser más evidente empujando más claramente la cabeza de ella —realmente, aunque no hiciese nada, se veía perfectamente la cabeza de Tigrilla subiendo y bajando en lo que solo podía ser lo que podía ser—.

Así que hice un cuarto de sonrisa al motorista, no más.

Como encogiéndome de hombros.

Como diciéndole: “Si a mí, en el fondo, prefiero mil veces que me la coma en casa, pero qué quieres que haga, tío”.

Le dije a Tigrilla algo así como:

—Hay un motorista flipando ahora mismo con nosotros.

Pero ni cambió un centímetro de su movimiento de arriba y abajo sobre mi victoriosa entrepierna.

Así que, bueno, me dejé hacer.

El semáforo se puso verde.

No lo vi bien a través de su casco, pero creo que adiviné algo de tristeza en su rostro cuando el motorista tuvo que arrancar.

Yo también arranqué, mientras Tigrilla seguía llevándome al cielo, con su calidez, su humedad y su predisposición a complacerme.

Mi garaje estaba justo al lado.

No sé si luego follamos, si hicimos algo más.

Pero sabéis qué.

No es la mamada.

No es el numerito.

No es el exhibicionismo.

Es cómo Tigrilla me hacía sentir.

Cuando quería complacerme porque sí.

Cuando yo era el receptor de su deseo.

Aunque solo fuese porque quizá simplemente estaba en el sitio adecuado en el momento adecuado.

Pero joder.

En esos momentos, Tigrilla, me hacías sentir el rey del baile del instituto.

Y nunca supe si realmente fue solo eso: que yo simplemente pasaba por allí.

O, como realmente quería creer mi corazón, que había algo en mí:

algo de mi perversión, o de mi pequeño carisma de perrito abandonado, friki, romántico y pervertido, o de mi manera de adorarla casi como a una Diosa.

Que algo de todo eso.

Algo de mí.

Te hacía mojar tus bragas como nadie.

Un pub irlandés, un aparcamiento y las 10 de la noche ​

Esta historia es igual que la del pobre motorista.

Calcada.

Os la podéis saltar si queréis.

Bueno.

Veo que no se ha movido nadie de la sala.

Espero tener la mitad de vuestra atención cuando llegue a los capítulos en los que me ponga a llorar con el “cuánto la quería”.

Aunque, en realidad, yo solo quería llorarla en este libro.

Los capítulos de sexo los metí para que os quedarais un poco.

Que si no, no hay Dios que venda este libro, ¿eh?

El caso es que esta vez sí me acuerdo de que me dijo algo tipo:

—Peter, necesito comerte la polla. Lo necesito, lo necesito.

Pero esperad.

Demasiado rápido.

Pero es que no sabéis dónde estábamos.

Estábamos aparcados en la calle.

Zona azul.

Delante de un pub irlandés.

Casi en el centro de la ciudad.

De noche, pero tampoco muy tarde. Las diez, las once como mucho.

Entre el pub y donde estábamos aparcados había uno de esos pequeños setos de ciudad, grises y medio chuchurríos.

Menos mal.

Creo que ayudó con mi erección, porque nuevamente no sufrí el miedo escénico.

Bueno, el seto y verla loca a ella y necesitada por comerme la polla.

Ni idea de por qué le dio.

Os lo juro.

Estábamos tranquilos y, de repente, empezó a recostarse hacia mí.

—Necesito comerte la polla, necesito comerte la polla, Peter.

Ya os dije uno de mis diez mandamientos con ella:

“Si Tigrilla quiere comerte la polla, tú te dejas, como si estáis en misa o en el funeral de tu tía la del pueblo”.

Te hubiese dejado comerme la polla en cualquier maldito lugar, dulce Tigrilla.

Así que se abalanzó de nuevo sobre mi entrepierna.

Y su saliva...

La calidez de su boca...

Su deseo...

Oh, Dios, su deseo.

Qué bonito era verlo.

Ella era una chica relativamente recatada.

No era esa chica sexual de las películas a la que le encanta follar y no tiene ningún pudor en decirlo, enseñarlo y celebrarlo.

Por eso molaba tanto verla romper un poco su personaje.

Que ella te dijera que necesitaba meterse tu polla en la boca.

Tigrilla se inclinaba sobre mí y yo me preguntaba qué había hecho yo últimamente para que Dios se portase tan bien conmigo.

Eché de menos al motorista.

Creo que lo hubiese disfrutado.

Esta vez Tigrilla estaba aún más desatada.

No pasaba demasiada gente, pero joder, es que era el maldito centro de mi ciudad.

Nos quedamos un rato allí parados, yo mirando por encima del seto, mientras Tigrilla se desahogaba —o ahogaba, más bien— con mi entrepierna.

No llegó hasta el final.

Menos mal.

Estábamos demasiado a la vista de todos.

Quizá un minuto, dos, tres.

Pero eso da igual.

Lo importante es que me volví a sentir el hombre más afortunado del mundo.

Y una parte de mí decía:

“Oye, Peter. Igual sí que tienes algo.”

Y eso era todo lo que necesitaba.

Pensar que para Tigrilla yo era algo más que un tipo que simplemente pasaba por allí.

Porque joder.

En pleno centro de mi ciudad, con gente cruzando los pasos de cebra alrededor.

Algo tenía que tener yo.

Algo tenía que tener yo.

Algo tenía que tener yo.

Quizá solo me faltó creérmelo un poco más.

Tigrilla en la playa ​

No sé qué recuerdo primero, si la foto o el mensaje.

Estabas en la playa.

Sola.

Tumbada boca abajo.

Lo sé porque todavía me queda algo de aquella foto en la cabeza.

Tranquilos, clase: no estaba desnuda ni tonteando con un mulato musculoso.

Simplemente estabas allí.

Rodeada de gente.

El mensaje fue:

“Me acabo de correr.”

Yo estaba en casa.

No sé si aquel viaje lo habías hecho con tu familia o con Roberto. Puede que fueras con él.

Supongo que llevaríamos alrededor de un año de nuestra pseudo-relación.

Y yo contesté algo así como:

“¿Cómo? ¿Cómo? ¿¡Cómo!?”

Me explicaste que estabas leyendo y habías empezado a ponerte tontorrona.

Que empezaste a apretarte, a moverte, a rozarte muy despacito contra la arena sin que nadie se diera cuenta.

Y que seguiste así.

Poco a poco.

Hasta correrte en silencio, rodeada de gente, sin que nadie supiera lo que acababa de pasar.

No sé qué te contesté.

Posiblemente un:

“Bufff.”

Más adelante me explicaste mejor qué tenía la playa para ti.

La playa.

El calorcito del sol.

El mar.

Todo aquello te ponía cachonda.

Me dijiste que siempre que ibas a la playa se te subía el tonto.

Nunca fui a la playa contigo.

Qué pena.

Igual me habrías despellejado vivo.

Me habría encantado ir a la playa contigo, Tigrilla.

Verte en bikini.

Tomar cosas frías en alguna terraza.

Tocarte el culo dentro del mar.

Besarte entre las olas.

Pero nunca fuimos a la playa.

Nunca pude verte cachonda bajo el sol.

Besarte en el mar.

Tocarte el culo bajo las olas.

Supongo que me pasó lo que me pasaba tantas veces contigo.

Tuve miedo.

Miedo de que no me sintieras digno.

De que soltaras alguna puyita, alguna de esas pequeñas minusvaloraciones que a veces tenías conmigo.

¿Ir a la playa contigo?

¿Parecer casi un novio tuyo?

Quizá con Roberto.

Pero nosotros no éramos eso.

Me hubiese encantado.

Una playa.

Tú.

Y yo.

Yo, teniendo menos miedo.